lunes, 30 de mayo de 2016

lunes, 22 de septiembre de 2014

Remedios para la angustia

Allá por los años sesenta, Villa Paranacito era una población floreciente. Las familias de lugareños y las de inmigrantes de toda Europa competían en fecundidad. Las islas del entorno eran un vergel de frutales generosos y las plantaciones de sauces y álamos brindaban toneladas y toneladas de materia prima a los innumerables aserraderos diseminados a orillas de ríos y arroyos.
El Gran Aserradero Durán y Cubillas era uno de los más grandes y en él se concentraba la producción de muchos otros. Estaba ubicado a la entrada de la villa y debía generar su fuerza motriz con equipos propios porque la pequeña usina que abastecía las necesidades domésticas no era suficiente para las industrias.
Un día, uno de los cuatro hermanos Cubillas, el más trabajador, entró en pánico al ver que el motor principal se estaba incendiando. Intentó apagar las llamas con golpes de una bolsa de arpillera, con tan mala suerte que el combustible que se derramaba del motor embebía la bolsa, y el pobre Cubillas, en lugar de apagar el fuego, generaba nuevos focos cada vez que la revoleaba sobre su cabeza.
Cuando quiso acordarse, él mismo estaba en llamas. Su desesperación era tan grande como su aguante, porque cuando finalmente eligió salvar su vida y fue a zambullirse al río, las quemaduras eran muy severas.
Esta no fue la ocasión en que se incendió totalmente el aserradero Durán y Cubillas. Eso iba a ocurrir unos años después, en circunstancias algo confusas. Esta fue la ocasión en la que se incendió el más trabajador de los Cubillas.
Una vez que el pobre hombre salió del río, peones, parientes, vecinos y entrometidos se acercaron a ofrecer sus auxilios, ya que la salita distaba, por agua o por tierra, unos 4 kilómetros. Cada quien, de acuerdo a sus probadas experiencias, aportaba terapias mágicas e infalibles.
Yo tendría entonces unos diez años. Guardo el recuerdo de que alguien propuso poner huevos, clara y yema, sobre las llagas. Esa fue la primera capa de curaciones. Como el paciente seguía quejándose, alguien dijo: “lo que refresca es la tinta”, de manera que todos los chicos curiosos que a esa hora estábamos saliendo de la escuela, aportamos nuestros tinteros para enfriar el cuerpo ardiente, que dejó de ser rojo para mostrar variados lamparones de un extraño azul violáceo.
Sin embargo, dado que los gritos de dolor no se atemperaban, el rojo volvió por sus fueros cuando otro sugirió aplicar rodajas de tomate. Pero se salían rápidamente de lugar a causa de los corcovos de Cubillas. Por más que le pidieran al hombre que se quedara quieto, el cuerpo ya no respondía a su voluntad y se retorcía en contorsiones reflejas. Para obtener mayor eficacia, alguien corrió a buscar latas de tomate al natural.
En fin, quién sabe cuántas otras curaciones que no recuerdo podrían enriquecer el relato de semejante desatino. La cuestión es que en menos de media hora, todo el cuerpo era un solo enchastre amorfo de colores y consistencias variados.
En esa época, el médico de Paranacito era un hombre maduro que tenía el respeto de todos. Cuando llegó, su sola presencia ordenó un poco las cosas. Curiosos y entrometidos fueron tomando distancia, los chicos nos fuimos yendo y los más íntimos se quedaron colaborando. Según supe, a los pocos meses, el mayor de los Cubillas estaba otra vez en su puesto de trabajo.
Unos doce años después, cuando yo ya había empezado a estudiar psicología, fui con un grupo de amigos a pasar un fin de semana a Gualeguaychú y, no sé bien cómo, terminamos tomando mate en una quinta donde estaba el médico que había asistido a Cubillas. Yo no fui el que sacó el tema pero cuando escuché que estaban hablando de la historia del quemado, presté atención. Nunca olvidé cómo el médico remató el relato.
―Lo que pasó allí ―dijo― es que faltó alguien tranquilo, una vieja sabia, por ejemplo, que coordinara un poco. Para curar a un enfermo no es cuestión de medicamentos nomás. ¡Si uno se angustia y no se aguanta el sufrimiento del paciente, mete remedio tras remedio y hace un enchastre!

Territorio

Mi amigo Gerardo tenía un perro. Lo había encontrado cuando todavía era cachorrito, haciendo equilibrio sobre un tronco a la deriva y lo rescató. Fue en uno de los primeros días de aquella gran creciente que dejó las islas cubiertas por varios meses. La familia de Gerardo se había ido, corrida por el agua y él, sin ser todavía un adulto, quedó encargado de cuidar lo poco que se había salvado.
Con el perro se encariñaron mutuamente. Él lo llamo Yuri, como Gagarin, aquel astronauta ruso tan famoso a comienzo de los sesenta. Lo llevó a vivir con él a la casilla sobre pilotes que era su refugio. Desde allí, con una canoa precaria, exploraban la propiedad y se animaban a incursionar en los alrededores. Había que recorrer unos cuantos kilómetros para encontrar un metro cuadrado de tierra firme.
Yuri era un sobreviviente. A poco de estar con Gerardo, en una de sus primeras batallas, una iguana le había mordido una pata delantera y lo había dejado algo rengo para siempre.
Mi amigo Gerardo también era un sobreviviente, pero de otras orfandades. Más que mi amigo, era mi ídolo: yo rondaba los doce y él ya tenía veinte cuando el destino nos llevó a ser vecinos por algunos unos años.
Lo que cuento ocurrió hace unos cincuenta años y estábamos apenas a cien kilómetros de Buenos Aires. Sin embargo, ahora me parece que verdaderamente estábamos en otro mundo o en otros tiempos. Recuerdo que, por épocas, eso era un vergel digno de ser la sede del paraíso terrenal y, por épocas, aluviones de aguas impiadosas arrasaban con lo que hubiera. Y de un día para otro el edén se convertía en infierno.
Cuando lo conocí, Yuri ya tenía más de dos años. Llegó a ser un lindo perro. Le faltaba bastante para tener el porte de un ovejero alemán, pero su pelaje delataba algo de esa estirpe. Y, como sobreviviente que era, había aprendido a utilizar al máximo todos sus recursos. Aguerrido, conocía sus debilidades y sus fortalezas y las aprovechaba con inteligencia.
No se sabe cuál de los dos recibía más del otro, porque Gerardo, con su perro al lado, se sentía poco menos que invencible y otro tanto parecía sentir Yuri si su dueño estaba con él.
Los isleños eran todos parecidos: los recuerdo desconfiados, siempre algo desafiantes, atrincherados en pequeños narcisismos donde debían de sentirse a resguardo de tanto desamparo. Con uno o varios perros, afrontaban la vida entre riachos, pajonales, camalotes y sudestadas temibles. Yuri había nacido ahí y, por meses, creció más en el agua que en tierra firme; adaptado a la vida en las islas y los esteros, se había vuelto un poco anfibio.
Un día, en época de aguas bajas, Gerardo andaba con su perro por esos senderos que costean los arroyos. El puño aferrado a la correa que a modo de tenso cordón umbilical los unía cuando transitaban territorios que no eran los propios. Al notar la inquietud de Yuri, supo que se iba a cruzar con alguien y que ese alguien traería consigo al menos un perro. Así fue. El otro también venía correa en mano, con un perro de porte bastante más grande que el de Yuri.
Al encontrarse, los perros fueron más expresivos que sus dueños. Se miraron con desconfianza, se gruñeron, se amenazaron. Las voces de los hombres no se hicieron esperar, ellos también alardearon.
―Cuidá a tu perro, que el mío lo puede matar.
―Mejor cuidá al tuyo, te podés llevar una sorpresa.
 Hasta que en un momento perdieron el control y soltaron a los animales. Yuri salió disparado como el más cobarde de los mortales, no se podía creer la velocidad que alcanzaba, a pesar de que apenas podía apoyar su lisiada patita delantera. La escena provocó un poco la burla del dueño del otro, pero Yuri logró llegar ileso hasta el muelle más cercano y se tiró al agua. Y detrás de él, sin un instante de duda, su rival enardecido.
Recién allí comenzó la verdadera batalla. En brevísimo tiempo, Yuri había dominado  por competo al rival. Astuto, sabía más que nadie cómo llevar a los enemigos al territorio donde se sabía invencible.
El dueño, a los gritos, clamaba:
―¡Paralo! ¡Paralo que lo mata!
Gerardo intervino con firmeza y todo terminó. Pero él se llevó consigo una anécdota más. La contaba a menudo, con relatos como ese alimentaba su escuálida autoestima: tenía un perro que, en el agua, era el mejor de todos. 

lunes, 8 de septiembre de 2014

Tiempos

Miró hacia un lado y hacia el otro y se dio cuenta de que sus compañeros de excursión eran más débiles que él. Solo el que ya había cumplido doce era algo mayor, y no era para nada criterioso.
Volvió a fijarse y vio que era verdad: el anzuelo había entrado por la yema del pulgar y lo había atravesado hasta salir al lado de la uña.
Había querido lanzar la caña un poco más lejos que de costumbre, el hilo se había enredado en las ramas de un árbol y el anzuelo, en lugar de ir a parar al agua, había vuelto como un búmeran a clavarse en su mano izquierda.
El susto hacía que el dolor no fuera tan grande. Estaba allí, medio atrapado, y todo dependía de él. Era tiempo de actuar.
Vaciló un instante y concluyó que lo mejor era cortar el hilo con sus dientes sin perder tiempo en desenredarlo. De entrada probó con los caninos, donde se concentra la fuerza de las mandíbulas, y tuvo éxito.
Antes de comenzar a correr ya estaba agitado. Hubiera querido sobrevolar en línea recta los trescientos metros de sendero sinuoso que separaban su casa del recodo del río donde le gustaba ir a pescar. Sus compañeros siguieron en lo suyo y el de doce, que fue el único que notó algo, al verlo correr le gritó que no se olvidara de devolverle el anzuelo.
Los vecinos que tomaban mate en el muelle aquella apacible mañana de domingo al verlo pasar reconcentrado y pálido notaron que algo raro estaba sucediendo. Se quedaron expectantes, pero no fueron requeridos.
El padre estaba solo en el parque, entretenido con las herramientas y la máquina de cortar el pasto. Lo vio llegar y casi no hicieron falta las palabras. Mientras evaluaba cómo sacar ese gancho de puntas tramposas, le decía al hijo (o tal vez a sí mismo):
―Tranquilo, tranquilo. Esperá un poquito.
Su padre hurgó en la caja de herramientas y eligió una pinza. Después con la mano izquierda aferró el pulgar lastimado para mantenerlo quieto. Pero no hubiera hecho falta, porque él ya mantenía su mano inmóvil a pesar de que todos sus músculos estaban temblorosos debajo de la piel. Se apoyaba alternativamente en una y otra pierna como si de ese modo se inyectara anestesia y mantenía la mirada clavada en lo que hacía el padre. Vio cómo con la pinza cortaba el ojal del anzuelo. Vio cómo lo sacaba hacia adelante, procurando rotarlo para que la curva recorriera el camino trazado por la punta. Él también sabía que era eso exactamente lo que había que hacer.
Observó el dedo liberado, primero el orificio próximo a la uña, luego giró un poco la mano y observó el otro. No quiso tocarse por temor de que le doliera más. La “tragedia” había pasado. Respiró hondo mientras ante sí pasaban como un relámpago las imágenes de las angustias y peligros superados. Recién entonces, sin mirarlo, se aferró al cuerpo de su papá y lloró como un niño. 

jueves, 22 de mayo de 2014

Una concepción de la mente desde la neurociencia

ÍNDICE
Presentación
Introducción: las neurociencias, sus campos e intereses
Las neurociencias y el psicoanálisis

Capítulo 1
El cerebro y el mito del yo, de R. Llinás. (Síntesis)
  •   El cerebro y el mito del yo, de R. Llinás.
  •   El modelo cerebro-mente de Llinás

Capítulo 2
El cerebro y el mito del yo, de R. Llinás. (Comentarios)
  •  Dudas y preguntas desde dentro del modelo que propone Llinás
  • Coincidencias con el modelo de Freud
  • Comentarios sobre el libro de Llinás

Capítulo 3
Un psicoanalista leyendo neurociencia
  • La conformación del ser pluricelular
  • Lo que nos enseña la evolución del ojo

Bibliografía
Presentación
 



Introducción: las neurociencias, sus campos e intereses


Las llamadas neurociencias constituyen un área multidisciplinaria para el estudio de del sistema nervioso - estructura, función, desarrollo, evolución, química, patología, farmacología,  etc.― con el interés último de entender cómo interactúan los distintos elementos para dar origen a la conducta.

En palabras del premio Nobel Erick Kandel (2000), “La tarea de la neurociencia es explicar el comportamiento en términos de las actividades del cerebro. ¿Cómo el cerebro comanda millones de células nerviosas individuales para producir el comportamiento, y cómo esas células son influenciadas por el medio ambiente?”

Más allá de que el propósito último sea comprender el comportamiento, múltiples tareas inmediatas atraen la atención de las neurociencias. Así, la convergencia de intereses de muchas disciplinas vinculadas e interesadas —incluyendo neuropsicología, ciencias de la computación, estadística, física, y medicina— hace que ya no se las considere exclusivamente como una rama de las ciencias biológicas.

Sin embargo, sin lugar a dudas, lo que más le interesa hoy al grupo de disciplinas que se aúnan con el nombre de neurociencias es la investigación en la frontera entre el cerebro y la mente. “La última frontera de las ciencias biológicas—el último desafío—es entender las bases biológicas de la conciencia y de los procesos mentales por los cuales percibimos, actuamos, aprendemos y recordamos” (Kandel, 2000). 

Son muy numerosos los investigadores sumamente especializados en avanzar en el conocimiento de los más ocultos mecanismos neurológicos. Son pocos, en cambio, los que elevándose por sobre investigaciones muy parciales intentan trazar un modelo general del cerebro. R. Llinás es uno de los que, en su libro El cerebro y el mito del yo, se atreve a incursionar en un campo tan espinoso. Estos escritos se proponen un repaso monográfico de los aportes y el enfoque del neurocientista Rodolfo Llinás sobre su concepción de lo mental a partir de las funciones cerebrales.



Las neurociencias y el psicoanálisis


A diferencia de lo que ocurre con otras disciplinas, por ejemplo con la psicología cognitiva, con las que tiene una relación de estrecho intercambio y colaboración, con el psicoanálisis la neurociencia tiene una vinculación más que conflictiva. Muchas veces el conflicto se expresa directamente como ignorancia mutua. Esto no debería sorprendernos porque el psicoanálisis, una disciplina en sí misma llamada a ser revolucionaria y contestataria, siempre tuvo —unas veces para bien y otras para mal— un vínculo conflictivo con los diversos y sucesivos stablishments científicos a lo largo de su siglo de existencia.
Hace unos años sin embargo, han comenzado una serie de vínculos que pueden ser fecundos. Las zonas que hoy se superponen son pequeñas todavía. Considérese, en este sentido, cuál es la proporción de publicaciones psicoanalíticas que citan artículos de neurociencias y cuántas son las publicaciones neurocientíficas que citan publicaciones del psicoanálisis.
En este contexto, sorprende la opinión de uno de los más afamados neurocientíficos: En la revista Aperturas, dirigida por Hugo Bleichmar, encontramos un artículo de Méndez Ruiz y de Iceta Ibáñez de Gauna, sobre la articulación entre neurociencia y psicoanálisis. Allí afirman:
“Eric Kandel, neurobiólogo conocido por sus investigaciones en neurociencia y por el importante manual "Essentials of Neural Science and Behavior" (1995), en un artículo de abril de 1999, se ubica entre los que entienden que psicoanálisis y biología poseen importantes puntos de encuentro. Contrariamente a los que apuestan por el reemplazo del psicoanálisis por la biología, opina que el declive de la influencia del psicoanálisis "es lamentable, dado que el psicoanálisis todavía representa el más coherente e intelectualmente satisfactorio punto de vista sobre la mente" (pág. 505).” (Las negritas no son del original.)
Sin embargo, una buena síntesis actual del conflicto la encontramos en la presentación editorial del libro A cada cual su cerebro, de Arsemet y Magistretti (2004): “Enfrentados desde hace varios lustros, el psicoanálisis y las neurociencias han reclamado cada uno para sí los mejores títulos cuando se intenta proponer una explicación de la conducta humana. Para el primero, las neurociencias son mecanicistas, estáticas y reduccionistas, y en su pretensión de fundar una explicación científica de carácter universal desdeñan la subjetividad y la historia personal; los neurocientíficos, por su parte, reprochan al psicoanálisis su precario andamiaje científico y, en lo más áspero de la confrontación, no vacilan en calificarlo de mitología.”  



martes, 29 de abril de 2014

De cómo yo estoy aquí porque los caballos doblan

Domingo Boari

(Nota autobiográfica)

El 3 de junio de 2011, en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, presentamos En los límites de lo posible, un libro sobre psicoanálisis multifamiliar que publicamos en coautoría con Olga Inés Pon.
La presentación de un libro y, en ese caso, el primer libro, despierta sin dudas vivencias y sentimientos singulares. Para mí al menos fue una ocasión significativa y en los días previos, sabiendo que tendría que pronunciar, como se dice, algunas “palabras alusivas”, estaba inquieto pero también confiado, suponiendo que ya se me ocurriría algo.
Fue así que dos noches antes de la presentación me vino un recuerdo infantil que, como un sueño o una asociación libre, se metió en medio de la vivencia que me acompañaba en relación con el hecho de presentar aquel libro. Y cuando me tocó hablar, hablé de ese recuerdo y de cómo entendí yo el hecho de que se me hubiera colado entre los pensamientos de esos días.
Esa historia es la que les quiero contar ahora. Naturalmente, no es una historia que yo escuché “desde el sillón del analista”. Al contrario, soy yo ahora el que habla “desde el diván” y espero que los lectores pongan su escucha comprensiva y encuentren una interpretación benevolente. Yo al menos la cuento con indulgencia hacia mí mismo: si contamos historias de tantos pacientes —me digo—, ¿por qué no voy a contar un pedazo de la mía?
Al pronunciar aquellas palabras, empecé diciendo que quienes me conocían no se sorprendían de que yo hubiese escrito un libro, incluso me decían ¡por fin! Comenté que el sorprendido era yo por haber escrito ese libro, con ese contenido.
Les conté que hacía unos días había tenido un recuerdo infantil que unos diez años atrás había relatado por escrito, para otra circunstancia, muy diferente a la de esa presentación. La primera vez que escribí ese relato le puse como nombre “Sorpresa”, pero en ocasión de la presentación del libro, ya que aludía alegóricamente a lo que sentía en ese momento, también podría llamarse “De cómo asombro tras asombro llegué hasta aquí. Episodio 1: el ternero y el Oscurito”.
Leí entonces la versión original del relato y prometí para después algunos comentarios que lo vincularan con la circunstancia de la presentación.

Sorpresa
Debe haber sido una tarde templada de primavera, ya casi empezando el verano, porque el pasto tenía ese verdor claro de pasto nuevo varios días después de una buena lluvia. Esa tarde, como tantas otras, fui a buscar “las lecheras” —así le llamábamos a las vacas de ordeñe— para encerrar los terneros y evitar que ellos cenaran y desayunaran con la leche que nosotros les disputábamos.
Esa vez pude ir a buscar a las lecheras con el Oscurito, el caballo que más me gustaba. El Oscurito era joven y brioso. No como el Oscuro viejo, mucho más manso, pero pesado y torpe. El Tordillo era muy grande y asustadizo, yo le tenía miedo. El Oscurito era “mi” caballo.
“Buscar las lecheras” era una de mis tareas normales de esa época, como para un chico de la ciudad lo era en esos tiempos ir a comprar el pan. Yo tendría unos once años y ahora, a la distancia, me asombro de lo que para mí era entonces rutinario. Ese día, como tantas veces, un ternero se rebeló escapando hacia campo abierto a mis espaldas; y un poco porque era parte de la tarea y otro poco por diversión, lo perseguí con mi Oscurito, a toda velocidad, para obligarlo a que se reuniera con el grupo.
El ternero, ágil, corría pegado al alambrado que formaba lo que llamábamos “el potrero chico”. (Una parcela en forma de cuña dentro del campo grande). Corríamos por uno de los lados externos de esa cuña. El ternero me llevaba cierta ventaja, pero el Oscurito era rápido y obediente, conocedor de su tarea: había que alcanzarlo. Ya estábamos prácticamente a la par: el alambrado, el ternero y casi apretándolo contra el alambrado, el Oscurito y yo, su entusiasta jinete, las piernas ajustadas al cuerpo del caballo y la cara casi pegada a su cuello. Y de golpe, ¡la sorpresa! El ternero, a esa increíble velocidad, llegado al vértice viró con absoluta naturalidad copiando el ángulo formado por los alambrados, que era muy inferior a noventa grados; y detrás de él dobló el Oscurito, tan entusiasta como yo en la tarea de perseguirlo. Yo, en cambio, seguí de largo y por un instante no supe nada de mí; no me recuerdo volando en el aire. Unos segundos después, me encontré aterrizado de pecho y panza en el pastito, sin comprender muy bien qué había sucedido.
Esa vez, no pasó nada. Más bien recuerdo mi asombro y que me lo tomé con humor. Pero aprendí: los terneros, huyendo, cuando llegan a una esquina, por cerrada que sea la curva,... doblan. Y los caballos, persiguiéndolos, doblan.

Hasta aquí el relato del recuerdo infantil. Pero ¿por qué ese recuerdo, en los días previos a la presentación de un libro, de tapa verde claro, allá por el 2010, en la Biblioteca Nacional?
Me fui dando cuenta de que la vivencia de esos días no era tan distinta de aquella sorpresa que experimenté al verme sobre el pasto: otra vez me estaba preguntando ¿Cómo es que había ido a parar ahí? Y buscando la respuesta, se me fueron uniendo estos eslabones…
Vamos a suponer, como algunos dicen, que la condición de contar me fuera natural; puede ser; soy del campo, el menor en una familia numerosa; escuché tantos cuentos que tal vez de allí me venga el gusto por contar. Todo libro tiene algo de relato… no me sorprendía haber escrito un libro, sino cómo había llegado a ese libro. Con ese contenido.
Claro —pensé—, dado mi gusto por contar, si hubiera seguido en mi Oscurito en el campo, como algunos de mis hermanos, tal vez también habría escrito un libro, que, en ese caso, se habría llamado “Relatos de un tambero caído del caballo”. Pero mi impulso interior me llevó a caer en otro lado.
Pensaba también que si hubiera seguido alguno de los caminos por los que cabalgué después, con otros amigos, tal vez estaría en Jujuy escribiendo quizá un libro sobre teología del pueblo, o en Santa Fe, sobre emprendimientos educativos rurales. O en Caracas, relatando experiencias en relación con los movimientos de trabajadores en América Latina.
Otro Oscurito que monté, con la inmejorable compañía de la amistad fraterna, me habría llevado a estar en Entre Ríos, relatando, tal vez a dos voces, un libro sobre las bondades del mate cebado en su calabaza.
Y durante mucho tiempo cabalgué por territorios que me habrían llevado a escribir algún libro sobre medicina psicosomática o sobre la misteriosa relación entre la idea y la materia.
Y entonces, ese día, a los que estaban allí, en la Biblioteca Nacional, les dije que tenía cierta sensación de extrañeza. Otra vez había ido a parar a un lugar al que había llegado sin saber del todo cómo y por qué. Que tal vez si nos ponemos a pensar a todos nos pasa lo mismo. Pero yo, en mi caso particular, había llegado a la conclusión de que, de asombro en asombro, había sido mi impulso interior, no del todo manejado por mí, el que me había llevado hasta ahí, a ser ese que era, ese que estaba allí y no en otro lugar. Con ellos y no con otros. Presentando ese libro y no otro, ese que unos años antes jamás hubiera imaginado escribir. Y que otra vez me sentía, con sorpresa, aterrizado de pecho y panza, ahora sobre un libro de color verde claro, como el del pasto nuevo, en primavera, unos días después de una lluvia generosa.